la arquitectura del s. XX
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La Presa de El Pontón de la Oliva y los orígenes del Canal

Ya en el reinado de Carlos III, el coronel de ingenieros D. Jorge de Sicre y Béjar desarrolla un proyecto para conducir a los altos de Santa Bárbara, las aguas reunidas de los ríos Lozoya, Jarama y Guadalix, posteriormente el arquitecto D. Juan de Villanueva presenta una modificación de este proyecto para el abastecimiento de agua al Real Sitio del Buen Retiro. Aunque las dificultades para llevarlos a cabo por la orografía supone su abandono.

No obstante, la idea de traer aguas a la capital, no se descarta. De hecho, se proponen gran número de proyectos durante la primera mitad del siglo XIX, destacando el del ingeniero D. José Coqueret que planteó fijar la toma en la presa del Canal de Cabarrús, junto al Pontón de la Oliva, convirtiéndose en antecedente claro de la solución final.

Sin embargo, no es posible comprobar la viabilidad de estos proyectos sin la realización de los correspondientes trabajos de campo. Para ello, el Ayuntamiento encarga al ingeniero de caminos D. Francisco Barra un nuevo proyecto que retoma la idea de Coqueret, y posteriormente a su colega D. Pedro Cortijo.

Tiene que llegar 1848 cuando el Ministro de Obras Públicas D. Juan Bravo Murillo, suscriba un real decreto para que los ingenieros Rafo y Rivera, examinasen los proyectos de Barra y Cortijo, aquellos que se pensaba que tenían más posibilidades de llevarse a la práctica.

El trabajo de los ingenieros fue informado favorablemente y el Ministro Bravo Murillo aprobó el proyecto provisional para la conducción de aguas a Madrid, así para los usos de la población como para el fomento de su industria y agricultura.

El proyecto fue aprobado en 1851 y la primera piedra se puso el 11 de septiembre en El Pontón de la Oliva por el rey consorte Francisco de Asís y Borbón, en representación de la Reina.

Fue una obra muy costosa por las dificultades orográficas del terreno y por la precariedad técnica de la obra. Se emplearon presidiarios, presos carlistas en su mayoría, para trabajar en el tajo, en los talleres para fabricar útiles y herramientas, en las canteras próximas de donde se extraía la piedra, etc.

Para todo ello se organizaron dos auténticos ejércitos, uno de trabajadores y otro de soldados a su cuidado.

Sin embargo, las lluvias torrenciales, la epidemia de cólera, los accidentes, las durísimas condiciones de trabajo en un emplazamiento prácticamente aislado y los problemas de abastecimiento, sanitarios y de convivencia entre ambos grupos y con los habitantes de Torrelaguna, que tuvieron que acoger a gran parte de esta población, hicieron de esta empresa una de las más duras del momento.

Aún podemos ver algunos de los restos del poblado y los restos de los talleres y demás construcciones auxiliares.

Es una presa de gravedad de planta recta, con una longitud de coronación de 72,5 metros y una altura máxima sobre cimientos de 32 metros. El cuerpo de la presa es completamente macizo sin que exista ningún elemento que lo atraviese pues los desagües están exentos sobre las laderas. El aliviadero,  está excavado en túnel en la roca de la margen derecha, donde también se localizan abiertos en la roca, la toma de agua y el desagüe de fondo.

 

La ejecución técnica de la obra, a cargo en su mayor parte de Lucio del Valle, estuvo repleta de complicaciones. El principal problema surgió al comprobarse que la presa se había cimentado sobre terreno arcilloso y yesífero y que los técnicos, a pesar de sus múltiples esfuerzos, no encontraban remedio para solucionar los problemas de filtraciones y socavaciones que se producían.

 

Como se había observado que las filtraciones se producían por diferentes puntos del suelo de la presa y que la salida del agua siempre se presentaba en la misma zona, a la derecha del cauce del río, la siguiente idea de Lucio del Valle fue intentar obstruir la salida del agua. Para acometer esta tarea fue necesario desaguar la presa con la construcción de una zanja, primero, y de una mina de desagüe más grande, después. A través de galerías realizadas partiendo de las estrechas grietas que se encontraron, los obreros accedieron a taponar con mortero hidráulico todas las fisuras que detectaban, hasta descubrir un enorme agujero por el que se perdía una gran cantidad de masa de agua. Se intentó taponar y se consiguió en parte, dando por solucionado el problema.

 

“Señora, hemos tenido la suerte de ver un río poniéndose de pie”. Así de jubiloso recibía Posada Herrera -presidente del Consejo de Ministros-, ante la reina Isabel II, el primer chorro de agua corriente que llegaba a Madrid. El surtidor de agua colocado en la calle de San Bernardo  alcanzaba los 30 metros de altura, más que cualquier edificio de alrededor. Era el 24 de junio de 1858.

 

Un año después de la reparación, las pérdidas eran mínimas, pero debido al carácter kárstico del terreno, el problema se reprodujo. El embalse del Pontón de la Oliva tuvo una vida útil realmente breve. En 1860 hubo que prolongar el canal seis kilómetros aguas arriba de la presa para construir la presa de Navarejos que facilitaba la toma de agua en la época de estiaje aunque, finalmente, años después, tuvo que ser sustituida por la pesa de El Villar.

 

Podemos distinguir dentro del complejo de la Presa: la torre de captación que permite regular el nivel del agua contenida en la presa. la Casa del Guarda, la Casilla de la Mina de Limpia, la Casa de Compuertas y la Amenara del Partidor, hoy fuera servicio, que antiguamente colaboraba en la regulación del Canal al tiempo que conectaba con el canal de Cabarrús en el que desaguaba parte de su caudal.

 

 

 

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